
La emigrante. Mima de Bettaglio muestra la foto de su boda, oficiada por monseñor Romero en abril de 1952. Vive ahora en la colonia Escalón de San Salvador
Matilde Ortiz. Afectada en 1951, vive aún, a sus 88 años, en Chinameca, en casa de su hija. Cuando tembló se encontraba en San Salvador.
Rosa sueña que tiembla. Despierta y descubre que no es un sueño. Intenta salir de su cuarto, todo tiembla: la cama, las paredes, ella. Huye hacia el corredor. En la cocina están su hermana Ángela, su abuela, la cocinera, y su cuñado Antonio, pero no puede reunirse con ellos porque en el corredor hay un ropero, y se abre, y le corta el paso, le cae encima y la cubre. La aprisiona. El techo de la casa cae sobre el ropero. La salva.
Ángela, la hermana, abre los ojos en medio de una nube de polvo que, al disiparse, le muestra un hogar destruido. Unos minutos antes, ella, su esposo y su abuela platicaban en la cocina. Unos minutos antes, la cocinera echaba las tortillas, y gritó ¡Temblor! Unos minutos antes tenía hogar.
“La fachada se fue para adelante. Cuando se casaron mis papás en 1915 habían hecho esa casita. Logramos sacar algunos pedazos de cama, alfombras para poder dormir porque lloviznaba”, dice Ángela.
Vivían en Jucuapa y no había electricidad, ni agua. “Fuimos a traer agua a un ingenio, las calles estaban llenas de zanjas. Fui a ver a mi familia y se había muerto un primo mío: Le cayó una viga encima, y un clavo le perforó el cerebro”, cuenta ahora Angelita, de 92 años. Vive aún en Jucuapa con su hermana Rosa, ya de 80, en una de las casas construidas dentro del proyecto Valle de la Esperanza.
Rosa no recuerda cómo salió del ropero ni cómo se reunió con su hermana, su cuñado, su abuela y sus seis sobrinos: “No había noticias. Nadie sabía bien qué había ocurrido. Cada quien en su casa”.
Al día siguiente intuyeron qué podía pasar. Van a quemar Jucuapa, oyeron. Mucha gente huía angustiada. Llegó el Ejército y acordonó. Nadie podía entrar y si salía, era para no volver. “Decían que iban a quemar Jucuapa porque había demasiados muertos y no los podían sacar, para evitar enfermedades”, cuenta Rosa.
Fotografías de la época retratan entre escombros y muertos a los voluntarios con máscaras similares a las que se usaron en la II Guerra Mundial. Otras muestran que Sanidad fumigó los restos de las edificaciones. Pero esto no lo vieron las hermanas Castro. El lunes 7 de mayo salieron hacia Santiago de María, y luego se mudaron a San Salvador, con unos familiares. Seguían las réplicas. “Uno tenía que detenerse de los árboles para poder caminar”, dice Angelita.
José Antonio Ramírez es el sepulturero de Jucuapa. También lo fue su padre, y antes que su padre, su abuelo. De los tres, fue a su padre a quien le tocó abrir las fosas comunes para enterrar a los que les cayeron techos y paredes y que no pudieron ser reconocidos por sus familiares, y a los que reconocieron, pero no hubo tiempo para sepultar de otra forma.
José Antonio Ramírez entonces era simplemente Toñito. Tenía 14 años y recuerda bien lo que ocurrió, porque, antes de llegar al cementerio para ayudar a su padre a abrir fosas, había logrado salir a salvo de otro cementerio: el Cine Escala.
El Cine Escala estaba en lo que hoy se llama calle Francisco Gavidia. Una zapatería Par 2 y una hilera de comedores se erigen sobre el terreno que ocupó por años el cine. Era grande, de una media manzana, y en la función de las 4 se exhibía una película de Pedro Infante: “Ustedes los ricos”. “Diez centavos valía. Estaba lleno. Siempre se llenaba con Pedro Infante. Había un montón de viejitas. Una viejitas de San Buenaventura que habían venido solo a ver la película. Me habían dicho el domingo antes: ‘Toñito, nos vemos en el cine, que hay película de Pedro Infante’. Pobrecitas.”
Toñito fue con un amigo y se sentaron en galería, a un lado del proyector. Pedro Infante le decía a su esposa “la Chorriada” —la actriz Blanca Estela Pavón— esas cosas de “Amorcito corazón, yo tengo tentación...”, cuando el telón, donde se proyectaba la película, cayó.
Reliquia. Juan Antonio Aguilar afuera de su vivienda en la calle Francisco Gavidia, de Jucuapa. Construida en los años veinte, fue una de las pocas que soportó el sismo.
Empezaba el terremoto.
Las galerías se cayeron también, y la gente del patio de butacas —la que estaba delante del proyector— quiso correr. Los de galería, donde estaba Toñito, corrieron también, unos sobre otros, sobre los pedazos de tablas que formaban la galería, sobre las butacas desparramadas, sobre la gente.
“Salimos pateando, corriendo unos encima de otros —recuerda—. Uno pasaba encima de la gente, ‘Ay, ay, ay’, decían las pobres viejitas. Yo oí que me estaban gritando: ¡Toñito, Toñito, ayudanos! Pero uno no se detenía a pensar ni a ayudar ni a nada, queríamos salir.”
Y salió. Entre empujones, entre gemidos.
Toñito pudo ver cómo las paredes cayeron sobre una mujer que vendía dulces afuera del cine. Los periódicos de la época hablaban de unos 300 muertos debajo del edificio. “Eso fue terrible”, dice. Su casa se vino abajo también, y él fue uno de los 25,000 refugiados que se evacuaron hacia la Ciudad Universitaria, en San Salvador. Pasó ahí casi dos meses.
De regreso a Jucuapa, trabajó en fincas y en la compañía de alumbrado eléctrico de oriente. Hoy, a los 71 años, ha retomado el oficio de su padre y de su abuelo. Camina por el cementerio y dice que al lado oriente deben estar las fosas comunes. “Pero con el tiempo se han ido vendiendo nichos ahí y aparecen los huesos de los del terremoto. No lo señalaron, no les pusieron ni una placa, nada. Ya no se sabe dónde quedaron.”
La casa de Juan Antonio Aguilar es hoy un puñado de tejas en el suelo, árboles que nacen del piso y que crecen hasta llegar al corredor. El corredor es un solar lleno de ropa sucia que ya no se usa y charcos mínimos cuando llueve. Solo dos cuartos tienen techo, bajo el que se apuñan 12 personas: Juan, su mujer, sus hijos y sus nietos.
Su casa es una de las tres del casco urbano de Jucuapa que no derribó el terremoto y se detiene como cascarón anacrónico sobre la calle Francisco Gavidia. Esta calle no existía en 1951. Entonces, la casa estaba junto al cine cementerio.
Las hermanas. Rosa (de pie) y Ángela Castro, afuera de su casa en Jucuapa, una de las construidas gracias al proyecto del Valle de la Esperanza.
Juan Antonio, de 63 años y el pellejo tostado y oscuro pegado a los huesos, conoció el cine: “Murieron bastantes ahí, aplastados”. Pero él vivía en otro barrio. El temblor lo agarró con apenas seis años: Estaba jugando en la calle con una pelota de trapo, hecha de calcetín. Su mamá lo haló y después cayó la pared. “Dormimos en los solares porque no quedó nada. En petates. Me quitaron mi petate para poner a un niño que se había muerto. En el terremoto, una plancha le cayó en los huevitos, y lo mató. Como antes las planchas eran de hierro”, dice.
Dentro de su destartalada casa actual hay una de esas planchas, y patos y gallinas, y un comal donde su hija de 15 años y su nuera echan tortillas. Su esposa, María Cristian Guzmán, 55 años y vestido floreado, muestra la casa como buena guía: “Esto es una reliquia. Vivimos con un gran peligro porque esas paredes se van a caer”.
La casa se quedó sin techo y sin varias paredes en 2001. Otro terremoto. Antes, ya se le podrían las maderas: su construcción se aproxima a la década del veinte. Las otras que quedaron en pie en 1951 son la de la familia Hidalgo, una casona de esquina y madera que ahora es billar y venta de pinturas, y la de los Annichiarico, de madera y sede municipal del partido ARENA.
“Esta casa era una mansión de lujo”, dice Juan Antonio, el pelo blanco brillante y el pellejo pegado a los huesos, desde su silla de pitas en medio de un cascarón de bahareque que aguantó el terremoto de 1951, pero no soportará uno más.
Apretujada en un bus lleno de mujeres llorosas iba Matilde Ortiz el 7 de mayo. Lloraba también. Un día antes, el patrón de la tienda en la que trabajaba en San Salvador le había dado la noticia:
—¿No sabe lo que ha pasado en oriente? Chinameca y Jucuapa se han hundido en un terremoto.
“¡Ay! Se me fue el alma a saber dónde, porque mis hijos estaban chiquitos: Consuelo, de cinco años y Carlos, de siete, solos con mi mamá”, recuerda ahora.
Ese domingo no pudo dormir. Al día siguiente, se levantó temprano y caminó hasta la esquina de La Constancia. Vio que se acercaba un bus lleno. Una mano apareció por la ventana, alguien se asomó.
—Mati, vamos para oriente.
—Llévenme.
La emigrante. Mima de Bettaglio muestra la foto de su boda, oficiada por monseñor Romero en abril de 1952. Vive ahora en la colonia Escalón de San Salvador.
En el bus iban vecinos de Matilde, del barrio San Juan de Chinameca. La mujer, que entonces tenía 31 años, subió entre empujones y jalones. “En cada parada había que pagar. Mire cómo se aprovechan. Un día antes me habían pagado. Uno solo daba el pisto, por la angustia”.
Adentro las mujeres se desmayaban. Ella llevaba apenas una bolsa con dos vestidos. Cuando el bus cruzó el río Lempa y se acercó al desvío de Berlín, el conductor decidió detener el viaje. Los pocos hombres que viajaban en la unidad pidieron que siguiera lo más cerca posible de Chinameca porque iban muchas mujeres. Lo hizo, pero volvieron a pagar.
El bus siguió hasta el antiguo desvío de Los Amates —en la actual calle que separa Jucuapa y Chinameca— y al atardecer, cuando bajaron del bus, Matilde empezó a ver los camiones llenos de heridos, gente pidiendo auxilio y muertos en las calles: “Nos descontrolamos más al ver a los muertos”.
Camino a su casa, una vecina que se iba a San Miguel la consoló:
—No te preocupés, Mati, tus hijos no se han muerto.
Matilde se tranquilizó. Pero al llegar al terreno donde estaba su casa, olvidó lo que había dicho su vecina. No había casa. “Yo me acuerdo de que solo pegué un gritó y caí. En eso que ya desperté, estaba en la casa de una vecina, en un solar. Ahí tenían a mis hijos con un niño al que le cayó la pared y le partió la cabeza en cuatro pedazos.”
Los días siguientes transcurrieron en ir a San Miguel, quedarse en un parque, mudarse a donde un familiar, volver al parque, recibir víveres, dormir bajo lluvia, regresar a Chinameca, no tener casa, no recibir ninguna de las prometidas del Valle de la Esperanza, de las que se iban a hacer con la generosa ayuda que vino del extranjero, hacerse un hogar de láminas, no regresar a trabajar a San Salvador. Sufrir.
“Nos dieron jabón, café, pan y unas cosas que uno nunca había comido: jamón en lata –ríe–. Había gente que no se las comía y las vendía. Nosotros las comprábamos, y mi mamá las cocía”, dice. Pero pronto le cambia la cara: “Aquí vino ayuda bastante, pero, como siempre, el dolor de unos es la alegría de otros, ¿verdad?”.
[/font][/size][/color]