Has escuchado hablar de la leyenda de EL PARTIDEÑO DE ORIENTE Era un bandido generoso que robaba a los potentados y a los usureros para favorecer a los más necesitados, el equivalente salvadoreño de aquel Robin Hood ingles.
Si es que realmente existió- vivió a finales del siglo XIX y se le conoció como el Partideño. Al deseo justiciero se le añade el de venganza, surgido por humillaciones sentimentales recibidas. Era un joven trabajador que se caso con una muchacha, la que a su vez es requerida por Don Luis, un acomodado pueblerino. Este decide secuestrar a la recién casada en su fiesta de bodas, cosas que logra con la ayuda de sus parciales.
Naturalmente, el burlador huye con su presa a fin de escapar del afrontado marido. Este localizó -en un pueblo lejano- al afrentoso enemigo en casa del padre. Sigilosamente entro al aposento y se escondió y con el puñal en mano lo mato, pero Don Luis no durmió esa noche allí si no que su padre, quien fue la víctima mortal e inocente del vengador.
Derrumbado moralmente, el partideño dejo sus labores y se convirtió en prófugo de la ley y dirigente de un partido de perversos, que operaba en el oriente del país. Entre tanto don Luis vivió a salto de mata, evadiendo al vengador. Se sabía que no lo acompañaba la mujer de la discordia.
La gira ladronesca hizo aparecer al personaje aquí y allá. Así pasó muchos años, vagando por riscos y montañas como salteador de caminos, quizá con la esperanza ya extinta de hallar al hombre que tanto odiaba.
En sus correrías, supo el partideño que, esperado con pompa y boato, venia hacia San Miguel un nuevo gobernador, nombrado por la Real Audiencia de Guatemala. El partideño asalto al cortejo y dio muerte al comisionado y a sus acompañantes. Los suplanto con su propia persona y las de algunos bandidos.
En San Miguel percibieron la rusticidad y falta de hidalguía de los recién llegados, pero los acogieron con la solemnidad del caso.
De manera especial, el supuesto gobernador abrazo y estrecho la mano del cura por mucho rato y pidió a todos que lo dejaran solo con aquel sospechoso prelado. Puñal en mano lo obligo a confesar las peripecias de su vida, entre las cuales no falto la abominable rapto de la desposada. El cura era don Luis! Arrepentido y decadente, la suprema pregunta del Partideño tuvo una insólita respuesta: la joven violada por su raptor se ahorco al día siguiente de la ofensa.
En el momento más crucial de su vida, el Partideño se quito el disfraz de gobernador y el cura se desmayo. El vengador tardío guardo su puñal. “Te perdono la vida para que Dios me perdone” dijo. Luego se entrego a la justicia. Poco después fue ahorcado en la plaza de San Miguel.